Un día cualquiera, llegó a nuestra casa el cartero. Quería comprobar si el destinatario de una postal estaba correcto: “Oli y Domi Zúñiga Arenas”, decía. Sí, era para nosotras, las nietas. Allí el tata nos contaba sobre sus paseos con la “Vié”, las ciudades que conocían y los kilos que subían. “Su abuelita no come, devora”, escribió en una de ellas.
Me acuerdo de este hombre serio, pero de gran sentido del humor, sentado en su terraza, con sus uvas, su perro y un cigarro en la boca. Me acuerdo de la música clásica, de sus grabaciones del “sello Arenas”, de sus temas de conversación tan interesantes. Me acuerdo de su Fiat 147, de su sombrero y de la devoción con la que trataba a mi abuelita, su Vié.
Estuvo dos años sin ella y por fin se reunieron. Hoy, le doy gracias a Dios por haber sido testigo de un amor tan grande, que me sirve de ejemplo a seguir, me hace creer que el sentimiento existe y que es posible encontrarlo y cultivarlo.
Se fue tranquilo: Sus hijas con su vida armada, sus nietas, profesionales. Agradezco haber podido disfrutar con él 24 años, agradezco la familia que construimos con su figura como pilar fundamental, agradezco su ejemplo, que guiará mi camino como adulta.
Ahora nos quedamos acá. Y mi tatita, con una sonrisa, se encontró con su viejita y disfrutaron del Día de los Enamorados, estoy segura, mirándose a los ojos y a nosotros, con semblante de “tarea cumplida”.

Foto tomada en julio de 1999, para la celebración de sus bodas de oro.