Hay dos formas de estar lejos. Una tiene que ver con el
tiempo y otra con la
distancia. Cuando estamos en enero, la navidad está
lejos. Cuando yo estoy en Santiago y tú en Alaska... también estamos
lejos. Uno del otro.
La lejanía por distancia es fácil de salvar... existen los teléfonos, los mails, las cartas, los chats... Te puedes ver con la persona que no está, puedes escuchar su voz, le puedes hablar. Pero la distancia temporal es insalvable. Y lo peor de todo es que muchas veces el tiempo se conjuga con la distancia y hace todo aún más difícil. ¿De qué te sirve tener un teléfono, un mail, un blog si no tienes tiempo para llamar, escribir, postear? Puedes estar en la misma ciudad con alguien, a una micro de distancia, a 100 pesos los tres minutos... pero si no tienes tiempo... ufff... no lo ves, no lo llamas, es como si no existiera.
Así me he sentido. Lejos. Sin tiempo. Lejos de mi
familia, con la que vivo y saludo todos los días al despertar y al llegar. Lejos de mi
prima que está en EE.UU y que me ha llamado dos veces por teléfono, pero no he estado para responderle. Lejos de mis
amigas, a las que no he visto hace meses por falta de coordinación y de algunas palabras que se necesitan. Pero lejos de
ti, no. Menos mal.
Los que sí están lejos, son los
Cáucaso. Pero la
coordinación del tiempo con la tecnología puede que acorte las distancias. Sé que así será.
Lo peor es no tener
tiempo. Lo más difícil es
hacerse el tiempo, como dicen. Lo que tuve que hacer para poder escribir acá.
Hasta
pronto.